Cómo hacer buenos diálogos

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Una de las primeras dificultades con las que me he encontrado al ir escribiendo capítulos para la novela es la construcción de diálogos, tanto que por un instante sentí miedo y me vi tentada a obviarlos. Evidentemente eso hubiese sido un error pues mi proyecto hubiese carecido de las posibilidades y los matices que los diálogos le aportan. Además, creo que las herramientas deben adaptarse al plan que tenemos y no el plan a los instrumentos. Y mi novela necesita diálogos.

Pero los diálogos son difíciles y no están demasiado tratados en los estudios literarios y de técnicas narrativas. Yo he llegado a las siguientes conclusiones después de investigar un poco el tema:

  1. Evidentemente las intervenciones de los personajes de la novela deben adaptarse a sus respectivas circunstancias, a la “supuesta” realidad que viven: su edad, su condición social, su profesión si es el caso, sus inclinaciones políticas, culturales, religiosas, y, desde luego, su estado mental, emocional, el momento por el que pasa. Pero esto no es tan fácil como puede parecer.
  2. Los diálogos literarios no tienen nada que ver con los diálogos de la “vida real”, si intentamos imitar a pies juntillas la realidad en la novela sonarán forzados y artificiales, precisamente lo contrario de lo que se quiere lograr. Y es que los diálogos tienen una “lengua” particular que no es nada fácil de explicar pero que “suena” bien o no “suena”. Por eso lo primero que tenemos que entender es que, para que los diálogos suenen reales tienen que ser construcciones literarias, y por lo tanto, artificiales.
  3. Los diálogos son una de las cosas que dan más credibilidad a una historia, si hablan de algo es que existe. Pero no debemos caer en los tópicos, en los lugares comunes e ir a lo fácil creando así, a través de los diálogos personajes arquetípicos, simples parodias: el bueno, el feo y el malo, por ejemplo. Debemos observar la realidad y después hacer una reelaboración literaria para hacer que los diálogos sean creíbles, verosímiles. Observar cómo habla la gente a nuestro alrededor, qué cosas dice, cómo las dice y qué efectos produce lo que dice. Y luego llevarlo al papel comprendiendo las reglas y los límites del lenguaje literario.
  4. Una cosa que debemos tener muy en cuenta es que al contrario que en el cine o el teatro, no disponemos de la imagen del actor que nos proporciona una gran parte de la información con respecto a los personajes: la del lenguaje no verbal, de los movimientos y gestos. En la novela tenemos los incisos del narrador, es cierto, pero no debemos abusar de ellos porque estamos haciendo novela, no teatro. El diálogo proporciona agilidad a la novela, no podemos estropearlo cargándolo de incisos y explicaciones. Por eso tenemos que definir a los personajes, además de a través de las descripciones, a partir de sus propias palabras: estas deben estar muy bien seleccionadas pero parecer naturales, decir lo que queremos que cuenten y algo más de cómo son nuestros personajes.
  5. A no ser que tengamos un motivo justificado, es decir, que sea necesario para la novela que estamos contando, es arriesgado convertir los diálogos, que proporcionan agilidad a la narración, en largos discursos pesados en los que algún personaje explica lo que en realidad quiere decir el autor. Esto no es verosímil, además de un coñazo. Los personajes no son oradores que vayan soltando por ahí explicaciones de todo lo que saben ( a no ser que el personaje sea un político, claro). Es cierto que a veces utilizamos las palabras de un personaje para dar alguna información necesaria para hacer avanzar la historia pero no es necesario que la soltemos toda en un parlamento de un personaje. A veces podemos repartir algo que queremos contar entre las palabras de un personaje y, fuera del diálogo, en las partes descriptivas.
  6. La artificialidad es un enemigo de los diálogos. Por eso hay que tener cuidado de que estos no suenen forzados. De que no suenen como una simple lista de preguntas y respuestas, una sucesión de intervenciones.  Que no parezcan sacados de una obra de teatro hecha por un niño.También es peligroso, sobre todo cuando hacemos dialogar a varios personajes, que en vez de parecer un verdadera conversación parezca que estamos escribiendo una sucesión de monólogos. A no ser que lo que queramos expresar es la falta de comunicación, debemos saber imbricar las intervenciones para que parezcan una verdadera conversación.
  7. Tenemos que ser consciente de que los diálogos tienen la gran ventaja de servirnos para dar información y para que la acción avance y así ahorrarnos grandes parrafadas descriptivas. Por eso es importante saber cuándo es adecuado incluirlos. A veces es interesante introducirlos para darle agilidad al texto, para introducir un giro. Pero no son del autor sino de los personajes. Se nota mucho cuando los utilizamos solamente para plasmar nuestras ideas o para ayudarnos a explicarle algo al lector. Para que los personajes sean auténticos hay que meterse dentro de ellos, escribir desde ellos, sin dejarnos llevar por nuestra propia forma de pensar, por eso a veces resulta más fácil cuando nos inspiramos en otras personas.

En lo que respecta a los diálogos creo que en el equilibrio está la solución. Pero no olvidemos que las reglas están para romperse. No tenemos por qué cumplir las normas, pero eso sí, siempre que el plan lo justifique. Aquí el plan sí que justifica los medios.

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